Anthony Fahy

BIOGRAFÍA

LA VIDA DEL PADRE FAHY

El padre Antonio Domingo Fahy (Anthony Dominic Fahy), nació en la ciudad de Loughrea Condado de Galway Irlanda, el 11 de Enero de 1805. Ingresó en la Orden de Predicadores y recibió los hábitos el 4 de Agosto de 1828, tomando como nombre religioso Dominic. Siguió sus estudios eclesiásticos en el Convento de San Clemente en Roma, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1831.. Habiendo terminado sus estudios teológicos, parte en 1834 hacia América del Norte, donde los dominicos se habían encargado de la dirección espiritual de una vasta región de Kentucky y Ohio. Allí como misionero se formó el padre Fahy para la vida pastoral.

En 1836 sus superiores lo trasladan nuevamente a Irlanda., donde se desempeña en varios cargos.

En época de la colonia, regían disposiciones legales que impedían a los no españoles establecerse en el Río de la Plata, sin embargo un número de irlandeses lo consiguieron y se afincaron en Buenos Aires y Montevideo; muchos vinieron desde España hasta donde habían huido desde Irlanda perseguidos por su religión; otros tantos formaban parte de las fuerzas armadas inglesas que decidieron radicarse en estas tierras, en especial durante las invasiones inglesas. Cuando los gobiernos patrios derogaron esta prohibición, comenzaron a llegar inmigrantes directamente desde Irlanda.

El historiador Murray, calcula que en 1824 había una colonia de 500 irlandeses, y que para 1832, ya contaba con 2500 miembros.

Los inmigrantes irlandeses, provenientes de un pueblo profundamente católico, aunque compartían la religión oficial de estas tierras, les era difícil establecer la misma relación con el clero local que la que estaban acostumbrados en su tierra natal. El obstáculo principal era la diferencia de idioma.

A partir de 1827, la colectividad irlandesa se había dirigido al Arzobispo de Dublin para reclamar la presencia de un capellán en Buenos Aires para atenderlos. Así llegaron primero el padre jesuita Moran en 1829, quien fallece un año después, y luego es enviado el padre Patricio O'Gorman, quien ya en 1842 se encuentra enfermo. Ante un nuevo pedido de los dirigentes de la colectividad solicitando a Dublin otro sacerdote que colaborara con el padre O'Gorman, la designación recae en el padre Antonio Fahy.

En 1844 desembarca en Buenos Aires el padre Fahy y de inmediato se dedica a su misión, quien será la figura central en torno a la cual se van delineando los mecanismos de conexión entre los irlandeses ya asentados en el país, los recién llegados y la sociedad argentina de la época. Los irlandeses encontraron en la Iglesia Católica, representada por el padre Fahy y los demás sacerdotes que le continuaron, el ámbito en torno al cual se organizaron como colectividad.

La colonia irlandesa fue creciendo paulatinamente, hasta que el mismo padre Fahy la computa en 4500 almas en el año 1848.

El padre Fahy no solamente asiste espiritualmente a los inmigrantes, también se convierte en el organizador de la comunidad. 

Facilita el asentamiento de los irlandeses que llegan y va creando vínculos entre los diferentes grupos de la colectividad. Aconsejaba a cuanto irlandés que desembarcaba en el puerto de Buenos Aires que se dirigiera al campo, cuyas posibilidades económicas entreveía. En breve tiempo había irlandeses diseminados por todos los partidos cercanos a Buenos Aires.

El padre Fahy, con su profundo conocimiento de la comunidad y sus contactos en los sectores ganaderos en general, actuaba como intermediario, colocando a los irlandeses que llegaban entre los estancieros que buscaban mano de obra adecuada.

Los prejuicios hacia los "natives" (nativos) y hacia los inmigrantes de otras nacionalidades llevaban a los irlandeses a buscar esposo/a entre sus connacionales, y es así que han quedado numerosas anécdotas de cómo el sacerdote establecía contacto entre las partes, actuando de intermediario.

El Capellán recorría a caballo, lugar por lugar, casa por casa, para atender espiritualmente a todas las familias irlandesas. También se fue convirtiendo en consejero económico, les decía si debían comprar tal o cual campo, permanecer en esta región o migrar a otra, realizar o no alguna operación de crédito, etc.

William McCann, un comerciante irlandés que permaneció por varios años en el país y que a su regreso publicó la obra "A two thousand mile ride through Argentina", describe una entrevista con el padre Fahy durante su viaje por el sur de la provincia de Buenos Aires. Dice:

"En la casa del señor Hanley, me encontré con el padre Fahy, sacerdote católico irlandés, que estaba haciendo una gira pastoral, y en cuya agradable compañía pasé la tarde. El padre Fahy es indispensable a sus compatriotas; no solo ejerce su ministerio espiritual entre ellos con la máxima cordialidad, sino también les da el beneficio de su experiencia y consejo en asuntos temporales.".

Fahy mismo decía: " yo soy cónsul, jefe de correos, juez, pastor, intérprete y proveedor de trabajo para toda esta gente"

De una carta del padre Fahy al sr. William McCann, podemos deducir lo que pensaba sobre los destinos de la República Argentina, de su optimismo y de fe en el futuro de nuestro país. Este es un fragmento de dicha carta con fecha 1° de Febrero de 1848:

"....durante su viaje se ha encontrado con súbditos británicos, dos tercios de quienes eran irlandeses. Ahora me pregunta si los trabajadores encuentran ocupación en esta provincia, y si gozan de la protección de las leyes en sus personas y sus ocupaciones.

En contestación a estas preguntas, declaro que durante los cinco años que he vivido y viajado por esta provincia, no he encontrado nunca a un hombre que no podía emplearse, excepto durante una parte del bloqueo. El hecho es que hay tanta  escasez de trabajadores que los sueldos muchas veces han aumentado de cinco a siete chelines y medio diarios. Muchas veces he conocido casos en que hombres pobres han ahorrado cien libras al año, solo en hacer cercos. En un país como este, donde no hay piedra, muchos obreros siempre encontrarán trabajo de esa naturaleza, especialmente cuando los estancieros comiencen a rodear sus casas con chacras y quintas. Además, calcule el gran número que será necesario en los saladeros, donde la faena de animales llega a tan grandes proporciones. Supongo que anualmente en la provincia de Buenos Aires se faenan dos millones y más de reses. El pastoreo de ovejas dará también colocación a muchos trabajadores. 

Una vez que se establezca la paz, los recursos de esta provincia se comenzarán a explotar , y si se pudieran introducir trabajadores industriosos y sobrios, no dudo que en pocos años esta provincia se convertirá en un perfecto paraíso." 

El padre Fahy residía habitualmente en la ciudad de Buenos Aires. Los domingos reunía a sus compatriotas en la capilla de San Roque, anexa a la Basílica de San Francisco, donde oficiaba misa y predicaba. Estos servicios religiosos continuaron por más de veinte años, y sólo cesaron después de su muerte.

Los años 1847 y 48 fueron trágicos en la historia de Irlanda. Una misteriosa afección que atacaba principalmente a la papa, artículo de primera necesidad en aquel país, apareció simultáneamente en varios puntos, y gran parte de la población sintió los efectos del hambre. Al mismo tiempo, una fiebre mortífera invadió los organismos mal nutridos. Esta situación amenazó convertir al país en un cementerio. Los que pudieron escaparon de Irlanda; centenares de miles cruzaron el Atlántico Norte hacia los Estados Unidos, y también algunos llegaron hasta aquí.

Al conocerse esta situación que sufría Irlanda, el padre Fahy organizó a sus connacionales para enfrentar la situación que se cernía sobre la madre patria. Organizó colectas de dinero, alcanzando a reunir una suma respetable que fue remitida a Irlanda. El padre Fahy acompaña el donativo con una carta dirigida al Arzobispo de Dublin, fechada el 15 de junio de 1847; en ésta reafirma su confianza en los destinos de la República Argentina, en donde dice:

"Recomiendo encarecidamente a los labradores sobrios e industriosos que dirijan sus pasos a este país, donde encontrarán una amplia recompensa por su trabajo. La salubridad del aire, la fertilidad del suelo, la riqueza en minerales, sus espléndidos ríos, combinan para invitar al pobre a venir hasta él. El gobierno extiende la máxima protección al extranjero, y los nativos son proverbialmente hospitalarios y generosos."

Las embarcaciones que se dedicaban al transporte de los pasajeros que huían de Irlanda, eran en su mayoría viejos barcos, cuyos armadores especulaban con las vidas de los infortunados pasajeros. Las travesías eran muy lentas, y por esta circunstancia faltaban agua y provisiones, provocando la muerte de varias personas, y muchos de los inmigrantes irlandeses llegaban a estas tierras enfermos y desnutridos. Esta situación exigía un hospital que los atendiese.

El padre Fahy cooperó primero en la fundación del Hospital Británico, siendo miembro en su primera Comisión Administrativa., y a continuación por las circunstancias mencionadas decidió fundar un hospital irlandés. En una casa alquilada en la calle Tucumán, abrió las puertas de ese hospital en el año 1848, y recolectó fondos entre sus connacionales para sostenerlo.

En el año 1850, el padre Fahy adquiere esta casa a su propietaria, y el 2 de Junio de 1851 ante escribano hace donación de ella:

"...a los católicos irlandeses residentes en Buenos Aires y en los distritos de su jurisdicción territorial, como a los demás que llegaren a venir a estos destinos y en nombre de todos ellos a los cinco señores que actualmente componen la comisión administrativa del Hospital General de Irlandeses Católicos residentes en Buenos Aires..."

Este hospital cumplió con su obra hasta el año 1874, según se desprende de los datos consignados en el libro de Murray, cuando fue clausurado, y en 1891 el último sobreviviente de la comisión que había aceptado la donación, cedió el edificio y los terrenos a la Asociación Católica Irlandesa. Pero hay una consigna en el acta de donación que merece recordarse, donde el padre Fahy recomienda a los fideicomisarios que pongan todo empeño en la conservación del hospital: "...que no se deteriore, a fin de que los irlandeses cuenten siempre con este seguro refugio..."

La vida en el campo no es nada fácil en estos primeros años de asentamiento. Ranchos aislados, caminos escasos y en mal estado, pueblos que apenas son caseríos, es el panorama que tiene ante sí el inmigrante. Este desafío incluía también frecuentes ataques de indios y ladrones de ganado. Fueron posiblemente estos peligros, acrecentados en los años que siguen a la caída de Rosas, los principales motivos que llevaron a los primeros colonos a simpatizar con el régimen rosista, en la medida que la política del Restaurador imponía cierto orden en la campaña. Podemos poner como ejemplo de esta simpatía hacia Rosas, la intervención del padre Fahy publicando una carta que desmentía las alegaciones contenidas en un artículo aparecido en el Dublin Review, importante revista católica; este artículo en cuestión criticaba al gobierno del General Rosas. 

La carta que escribió el padre Fahy decía lo siguiente:

"No sin grande sorpresa y pesar he leído un libelo publicado en el Dublin Review, calumniando con todo género de falsas suposiciones la política y los actos del Excmo. Sr. Gobernador......., Brigadier  D. J. Manuel de Rosas. Este recto magistrado, que extiende tanta y tan ilustrada protección a todos los habitantes de este país que ha restablecido el imperio del orden y el esplendor de la religión Católica, es vilipendiado en aquella producción con mucha injusticia y tergiversación de los sucesos ocurridos en esta República........creo llenar un deber de conciencia y de gratitud hacia este país y su gobierno, explanando mi juicio y mi testimonio......"

La colectividad irlandesa sigue creciendo y extendiéndose, y por esto el Padre Fahy necesita ayuda.

En el año 1855 el padre Fahy introduce en el país la comunidad de las Hermanas Irlandesas de la Misericordia, las cuales se encargan del Hospital Irlandés y de un colegio de niñas que el sacerdote les ayuda a fundar,

Por su parte, costea la carrera de jóvenes irlandeses en el All-hallows College de Irlanda para las misiones de la Argentina. En el curso de algunos años llegan sacerdotes a este país preparados especialmente para secundar al padre Fahy. Bajo su dirección, estos jóvenes sacerdotes eran enviados al campo donde cumplían muchas de las funciones que antes desempeñaba el viejo líder. Para 1870 había nueve capellanías en la provincia, además de la de Buenos Aires, con sede en los partidos de mayor densidad de inmigrantes irlandeses y descendientes :

E. de la Cruz, Navarro, Chascomús, Luján, Carmen de Areco, Mercedes, San Antonio de Areco, Ranchos y San Pedro.

Interesante para la historia Argentina es la actuación que tuvo el padre Fahy en las Islas Malvinas. Cuando las islas pasaron al poder del gobierno inglés, desaparecieron junto con el pabellón argentino, las exteriorizaciones de la religión católica, y por espacio de veinte años no se conoció por allí a sacerdote alguno. Había algunos católicos irlandeses entre la guarnición que reclamaban la asistencia religiosa de sacerdotes. El asunto fue encargado al padre Fahy por el Obispo de Buenos Aires, Monseñor Escalada. Por muchos años los sacerdotes irlandeses de la Argentina, bajo su dirección, estaban encargados de la asistencia espiritual de las Islas Malvinas, hasta que en 1889 fue encargada a los padres salesianos. No existen pruebas directas que el padre Fahy haya visitado en alguna ocasión las islas, aunque un documento del Obispo Fagnano parece insinuarlo, diciendo en una reseña de las Islas Malvinas lo siguiente: 

"Antes que estas islas entraron a formar parte de la Prefectura, solían ser visitadas por uno que otro sacerdote generalmente irlandés.....El primer sacerdote recordado es el padre Fahy...."

En 1857 fallece el Almirante Guillermo Brown, fundador de la Armada Argentina. Fue íntimo amigo del padre Fahy y en sus últimos momentos éste le auxilió con los sacramentos. Es el padre Fahy quien da cuenta al gobierno argentino de la muerte del ilustre marino, en un parte con fecha 5 de Marzo de 1857:

"El infraescripto capellán de los irlandeses católicos, tiene el honor de informar a Vuestra Excelencia para conocimiento del superior gobierno que a las doce de la noche dejó de existir el Brigadier General Don Guillermo Brown

......Él fue, Sr. Ministro, un cristiano cuya fe no pudo conmover la impiedad, un patriota cuya integridad la corrupción no pudo comprar, y un héroe a quien el peligro no pudo arredrar...."

Es el padre Fahy quien pronuncia las oraciones rituales en su entierro.

La habilidad financiera del Padre Fahy, evidenciada por las diversas obras que acometía y realizaba y su espíritu de rectitud, hizo que se ganara la confianza y una alta estima entre sus connacionales asi como la del resto de la población. Como consejero de toda la colectividad irlandesa del país, se hizo depositario de grandes sumas de dinero, y se le consultaba antes de realizar cualquier negocio de importancia. Refiere el Dr. O'Farrell una anécdota que vale la pena reproducir:

"Llegó un momento en que el padre Fahy era el depositario de cientos de libretas del Banco de la Provincia, que representaban la riqueza acumulada de los irlandeses que se habían hecho dueños de las mejores fracciones del territorio de la provincia.......Uno de los grandes sacudimientos políticos de la época puso en peligro la estabilidad económica del banco, se inició una corrida......Un director del banco se entrevistó con el padre Fahy, y explicándole la situación le pidió su apoyo moral para restablecer la tranquilidad amenazada.. El padre Fahy respondió notablemente al llamado patriótico, y lejos de retirar uno solo de los depósitos de los irlandeses, estos continuaron llevando sus ahorros al banco.

Los irlandeses nunca tuvieron que arrepentirse de esta acción, por que cuando volvió la calma y la tranquilidad, ese banco, coloso de crédito en su tiempo, respondió generosamente a toda solicitud cuya honestidad llevaba el endoso moral del padre Fahy."

El progreso de la colectividad y el apoyo que ésta le prestaba, indujeron al padre Fahy a emprender la construcción de un nuevo colegio para niñas, anexo al hospital que las hermanas dirigían en la calle Tucumán, y con este motivo adquiere en 1862, un terreno en el lugar donde ahora está el Colegio La Salle. Las Hermanas de la Misericordia se encargaron de su dirección, y en las épocas de miseria que siguieron las huellas de las epidemias de cólera y fiebre amarilla de los años 1867 y 1870-71, recibieron un gran número de niñas huérfanas bajo su techo. De este establecimiento toma su origen el Colegio Santa Brígida, cuya dirección queda en manos de las misma hermanas.

El padre Fahy piensa que el desenvolvimiento de la colectividad irlandesa requiere un colegio para varones. Adquiere en 1861 una manzana de terreno, sito donde actualmente se levanta el Colegio del Salvador. Desgraciadamente, la penuria que sobrevino por efectos de los malos años entre 1860 y 1870, le impidió llevar a cabo esta última obra y pasados unos años se ve obligado a vender el terreno. Pero la idea no fue abandonada, después de su muerte algunas señoras irlandesas emprendieron la tarea de realizar este propósito del padre Fahy, y he aquí los orígenes de la Sociedad de las Señoras de San José.

El 19 de Mayo de 1864, la Administración del General Mitre confiere un homenaje al Padre Fahy. Por decreto del Poder Ejecutivo se le nombra Canónigo Honorario de la Catedral de Buenos Aires. Es un testimonio elocuente de la estima que merecía en los círculos oficiales de entonces. 

A fines de 1867 una feroz epidemia de cólera asoló el país, y el padre Fahy debió multiplicarse para atender a los enfermos, y buscar refugio para los huérfanos y viudas. Pero los años pasaban y su salud estaba quebrantada. Dirigió varios llamados a sus connacionales para que contribuyeran a sostener y ampliar las obras que había levantado. Se vio obligado a contraer deudas para poder continuar sus obras de beneficencia.

En 1871 un acceso de fiebre amarilla azota la ciudad en pleno verano. Los sacerdotes de toda la ciudad son llamados a todas horas para atender a los moribundos., y el padre Fahy ya anciano, no descansa.

Recibe un llamado para confesar a una señora italiana atacada de fiebre, y un amigo del padre Fahy, que se entera que el sacerdote se apresta a atender el llamado, le reprocha diciéndole que él es el capellán de los irlandeses y quien la debía atender era su propio pastor, que él no tenía por que exponer su vida. Y el anciano sacerdote pronuncia esta magnífica frase: "la caridad no conoce patria", y se dirige a atender a la enferma.

Hay quienes dicen que el padre Fahy, luego de atender a la señora italiana, se contagia, y en pocos días muere. Otros se ajustan al certificado de muerte expedido por los médicos que lo atendieron, en el que figura que la causa de muerte es por enfermedad cardíaca., y hacen hincapié en que el padre Fahy sufría hace años de problemas cardíacos.

Lo cierto es que el padre Fahy muere el 20 de Febrero de 1871. Dos días después sus restos fueron sepultados en el panteón del clero en la Recoleta. La población se volcó a la calle para mostrar su respeto. Miles de personas de diferentes razas y creencias marchan en la comitiva acompañando su cuerpo hasta el cementerio.

Por un mes todos los irlandeses del país, veinte mil y más, llevaron un crespón en señal de duelo por su pastor fallecido. 

Decía La Nación, en un artículo publicado el 23 de Febrero de 1871:

"Honrar la memoria del honorable padre Fahy es honrar la raza humana en los grandes y generosos móviles que a veces la anima y de que él fue tan alto y digno representante."

Sus restos descansaron en el panteón del clero por muchos años, hasta que una comisión de damas de la Sociedad de San José levantó en el año 1912, un monumento de granito irlandés en la Recoleta. Bajo su cruz céltica, los restos del venerable sacerdote descansan en paz.

Hoy en día el padre Fahy es recordado por la colectividad irlandesa de la Argentina. Lleva su nombre el Instituto Fahy de Moreno Prov. de Buenos Aires, obra de la Asociación de Señoras de San José, colegio que abrió sus puertas originalmente en Capilla del Señor y que luego fue trasladado a partir de 1930 y finalmente en 1949 a su ubicación actual. También llevan su nombre dos calles en localidades de la Provincia de Buenos Aires, la calle Reverendo Padre Fahy en la Reja - Moreno, y la calle Padre Fahy en Exaltación de la Cruz - Capilla del Señor.

Encontramos un busto del padre Fahy en el Colegio Santa Brígida de la ciudad de Buenos Aires. La capilla de éste colegio fue donada por la señora Margarita Mooney de Morgan y levantada en memoria del Padre Fahy.

Toda la colectividad de los argentino - irlandeses, descendientes de los pobladores por quienes el padre Fahy vino al país, tienen con él una deuda de gratitud impagable.

Fuente: FAHY CLUB, ASOCIACIÓN EX ALUMNOS INSTITUTO FAHY http://members.tripod.com/fahyclub_exalumnos.ar/padre_fahy.htm

R.P. FRAY ANTONIO DOMINGO FAHY

1805-1871

Entre las numerosísimas víctimas de la fiebre amarilla, que asoló a la ciudad de Buenos Aires en la primera mitad del año 1871, y entre las ilustres personalidades que sucumbieron durante aquella terrible epidemia, como los afamados médicos Francisco Javier Muñiz y Ventura Bosch y los distinguidos abogados José Roque Pérez y Manuel Gregorio Argerich, se cuenta el famoso y casi legendario capellán de los irlandeses en la Argentina fray Antonio Domingo Fahy.

Perteneció a la Orden dominicana, y ello explica que sea un hijo de Santo Domingo el encargado, por la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, de evocar su egregia figura en este año de 1971, en el que se ha cumplido el centenario de su muerte.

A pesar de que la colectividad hiberno-argentina conservó siempre su recuerdo con una gratitud digna de admiración y no obstante la supervivencia de varias de sus obras apostólicas, pasaron ochenta años antes de que se escribiera una biografía aproximadamente acorde con sus méritos.

Fue la que publicó nuestro inolvidable amigo monseñor Santiago M. Ussher, primeramente en lengua inglesa (Father Fahy. Biography of Anthony Dominic Fahy, O.P.), vale decir, para el lector irlandés, a fines de 1951, y luego en castellano, en 1952, con algunas variantes, como que la destinaba a lectores argentinos y que lleva el título de Padre Fahy. Biografía de Antonio Domingo Fahy, O.P. Misionero irlandés en la Argentina (1805-1871).

Con anterioridad, al conmemorarse en junio de 1943, la fecha que tradicionalmente se asignaba al arribo del padre Fahy a Buenos Aires, cuya inexactitud comprobó más tarde monseñor Ussher, el padre Juan Santos Gaynor había publicado un folleto titulado Noticias del Padre Fahy, con los datos que logró recopilar en aquel tiempo.

Hace unos cincuenta años, una religiosa dominicana de Estados Unidos, sor María Edmunda Cloran, sobrina nieta del padre Fahy, ya que su abuelo paterno fue hermano de Belinda Cloran, su madre, inició y llevó adelante un trabajo de investigación en Buenos Aires, Roma e Irlanda. Su muerte prematura tronchó sus anhelos de escribir la biografía de su ilustre pariente, y el resultado de su labor quedó archivado en el convento de Santa Clara, en Sinsinawa, Estado de Wisconsin.

Una tarea ímproba fue la que se impuso monseñor Ussher, hace más de veinte años, para lograr una reconstrucción de la vida del padre Fahy. Esta labor resulta tanto más apreciable si se tiene en cuenta su avanzada edad pues al terminarla, frisaba ya en los 84 años. Asimismo, debemos tener en cuenta que las circunstancias de la muerte del personaje estudiado hicieron que sus papeles personales, que sus amigos seguramente habrían conservado, dada la veneración que por él sentían desaparecieran, probablemente por vía de combustión, como los pocos enseres de que disponía.

Su paciencia de investigador lo llevó a rastrear en diversos repositorios documentales, en el periodismo de la época y en cuanta publicación pudiera encontrar algún dato de interés. Pero su entusiasmo lo indujo a recurrir también a fuentes extranjeras, y los archivos, principalmente dominicanos, de Irlanda, Roma y EE.UU. le proporcionaron abundante material para completar, en lo posible, la biografía del patriarca de los irlandeses de la República Argentina.

Nos congratulamos ahora por haber contribuido con nuestro grano de arena a la elaboración de aquella obra y recordamos con agrado que fue el primer libro del cual hayamos escrito una reseña, en aquellos años en  que hacíamos las primeras incursiones en el campo de la historia nacional, reseña que apareció en el número 314 (enero-febrero de 1953) de Hoja Santiagueña, periódico que publicaba el convento dominicano de Santiago del Estero. Mayo fue nuestra contribución para el libro que monseñor Ussher publicó en 1954 con el título Los capellanes irlandeses de la colectividad hiberno-argentina, en la cual la figura central es, naturalmente, el padre Fahy y en el que entran otros dominicanos: los padres Miguel Burke y Lorenzo Fitzmaurice.

En esta disertación acerca de la personalidad y de la obra del padre Fahy seguiremos, en general, a monseñor Ussher,  completando un tanto nuestra exposición con algunos datos que se referirán, principalmente, a la provincia dominicana de Irlanda, a la que siempre perteneció; a sus relaciones con los dominicos argentinos, en especial con fray Olegario Correa; a fray Edmundo Burke OP, primer capellán de los irlandeses en Buenos Aires, y, sobre todo, a fray Miguel Burke, que fue una vocación irlandesa que la provincia dominicana argentina debió al padre Fahy.

“La colectividad hiberno-argentina se enorgullece con los nombres de dos ilustres hijos de Irlanda: el almirante Guillermo Brown y el sacerdote Antonio Domingo Fahy”. Con estas palabras, sencillas y lapidarias, monseñor Ussher da comienzo a la presentación de su libro.

Pero también se da la curiosa coincidencia de que ambos proceden de la misma provincia, de Connaught, situada en la parte occidental de Irlanda, y de condados limítrofes: Brown nace en Foxford, en el condado de Mayo, y Fahy en Loughrea, en el condado de Galway. Brown nace el 22 de junio de 1777 y es, por lo tanto, veintiocho años mayor que Fahy, que viene al mundo el 10 de enero de 1805, cuando el futuro almirante ya es todo un marino. Ambos se conocen en Buenos Aires, en donde traban una profunda amistad. El padre Fahy será el confesor del almirante y el sacerdote que asistirá al octogenario lobo de mar cuando fallece en su quinta de Barracas el 2 de marzo de 1857.

Como acabamos de expresar, en la ciudad de Loughrea, condado de Galway, provincia de Connaught, Irlanda, nació Antonio Fahy, hijo de Patricio Fahy y Belinda Cloran, el 11 de enero de 1805. Anteriormente se lo daba por nacido en 1804. Pero las investigaciones de la Hna. María Edmunda Cloran, en Irlanda, permitieron dar con la fecha precisa. Era el tercero de siete hijos, nacidos entre 1802 y 1810. Ambos esposos procedían de familias respetables y de buena posición económica.

A los cinco años, Antonio quedó huérfano de padre, y la joven viuda que había quedado con siete hijos, el mayor de los cuales tenía apenas 8 años, contrajo segundas nupcias  en 1816 con un pariente lejano de su difunto marido, Lorenzo Fahy, del cual tuvo tres hijos más.

Para darse una idea de la religiosidad de esta familia, es suficiente decir que de los diez hermanos Fahy, cinco se consagraron a Dios: tres de los seis varones fueron sacerdotes y dos de las cuatro mujeres fueron religiosas. Antonio fue dominico, Santiago sacerdote secular y Guillermo carmelita descalzo. De las niñas, Matilde ingresó en el monasterio de carmelitas descalzas de Loughrea y María en la Congregación de las Hermanas Irlandesas de la Misericordia, que la envió a los estados Unidos, donde desarrolló una notable actividad en Nueva York y otras ciudades.

En la misma ciudad de Loughrea realizó sus estudios primarios y secundarios, privadamente. Las persecutorias leyes inglesas de aquellos tiempos imponían una educación anticatólica y antiirlandesa y los padres de familia católicos, para mantener la fe y el sentido nacional de sus hijos, se veían obligados a recurrir a la clandestinidad, es decir, debían buscar maestros particulares que enseñaran en los hogares mismos o en sitios ocultos, pues al maestro católico le estaba vedada la enseñanza, aun en privado, y la contravención a aquella ley evidentemente injusta, era castigada con una multa de veinte libras esterlinas y tres meses de cárcel. El católico que enviara a su hijo a estudiar en el exterior era considerado rebelde y sus bienes eran confiscados por el gobierno. Sin embargo, tanto los padres como los maestros se ingeniaban para eludir leyes tan arbitrarias y los niños y los jóvenes lograban, en general, una buena educación.

Desde luego que no era novedoso este estado de cosas en Irlanda, sino que venia desde muy larga data. Ya en el siglo IV parece que había llegado el cristianismo a la isla. Pero desde el V, en que fue evangelizada por San Patricio, su trayectoria se convierte en uno de los capítulos más interesantes de la historia de la Iglesia, en primer lugar por el florecimiento de la religión, que le mereció ser llamada “la isla de los santos”, y más tarde, a partir de la defección de Inglaterra en el siglo XVI, por la lucha tenaz que sostuvo para mantener su fe tradicional.

Desde 1542, en que Enrique VIII tomó el título de rey de Irlanda y pretendió incorporarla a la religión anglicana, que había implantado en Inglaterra, la historia de Irlanda ha consistido en una permanente lucha por su emancipación política y la conservación del catolicismo como religión. Esa lucha titánica y secular para mantener su fe sólo encuentra parangón en España y Polonia. Ya lleva más de cuatro siglos y, aunque ha tenido las más diversas alternativas y en estos últimos tiempos ha logrado importantes conquistas, puede afirmarse que dura todavía, según se desprende de la situación actual de la parte septentrional de la isla.

Los tiempos de la niñez y de la juventud de Antonio Fahy fueron turbulentos. En 1798, siete años antes de su nacimiento, Inglaterra había ahogado en sangre un gran movimiento insurreccional, y a raíz de ello restableció las leyes opresoras que habían sido atenuadas poco antes. Eran años de lucha, en que el gran tribuno Daniel O`Connell acaudillaba el movimiento irlandés y conseguía, el 13 de abril de 1829, el bill de emancipación de los católicos.

En ese mismo año, el 4 de agosto, día de Santo Domingo, Antonio Fahy, en adelante fray Antonio Domingo, emitía sus votos religiosos en el convento de los Santos Pedro y Pablo, de la ciudad de Athenry, situada en el mismo condado nativo de Galway, en el cual había ingresado en 1828. Desde aquel 4 de agosto de 1829 hasta el fin de sus días pertenecerá a la Orden dominicana.

Los dominicos irlandeses formaron parte de la Provincia de Inglaterra, que fundada en la primera mitad del siglo XIII entre las primeras de la Orden, abarcaba las islas británicas y legó a ser muy floreciente. Por lo que respecta a Irlanda y a nuestro tema, el primer convento se funda en Dublín en 1224, y en 1241 el de Athenry, en donde ingresó el joven Fahy. Muy próspera fue la Irlanda dominicana y desde el siglo XIII proveyó de obispos a muchas diócesis del país.

La provincia dominicana irlandesa se crea definitivamente, independiente de la inglesa, en 1536. Pero no tarda en producirse la revolución protestante y, con ella, viene la persecución despiadada y la consiguiente despoblación de los conventos. Numerosos religiosos padecieron el martirio, muchos permanecieron en su patria, en la clandestinidad y, finalmente, otros buscaron refugio en la Europa continental. Así surgieron los conventos de dominicos irlandeses de Lisboa (1615), de Madrid (1667), el convento de noviciado y estudios de Lovaina (1627), el de San Clemente de Roma, etc.

A pesar de tantos inconvenientes, la provincia irlandesa no pereció. Con el tiempo, pudo rescatar algunos de sus antiguos conventos y en el siglo XIX estuvo en condiciones de enviar religiosos al exterior. Así los vemos llegar a los EE.UU., al Río de la Plata, a la isla de Trinidad, a Australia, etc., sea para encargarse de la atención espiritual de sus connacionales, sea para misionar entre infieles. Los dominicos irlandeses han formado la provincia de Australia y Nueva Zelanda, erigida oficialmente en 1950, y han contribuido a la formación de las tres provincias dominicanas que existen en los EE.UU. Irlanda ha dado un maestro general a la Orden dominicana, fray  Miguel Browne, creado cardenal por Su Santidad el Papa Juan XXIII en 1962.

Después de su profesión religiosa, el joven Fahy debía realizar sus estudios eclesiásticos de filosofía y teología. Para ello fue enviado al convento de San Clemente que conservan aún los dominicos irlandeses en Roma, junto a la antiquísima basílica del siglo IV consagrada al papa mártir de fines del primer siglo de la era cristiana.

Creemos que fue enviado a Roma para cursar sus estudios debido a su edad, que era ya de veinticuatro años al emitir sus votos religiosos, o por sus condiciones intelectuales, o por ambos factores a la vez. Y nos permitimos opinar que no los realizó en el convento de San Clemente, que no fue y no es sino una residencia de los dominicos irlandeses en Roma, sino en el Estudio General que la Orden poseía en la Ciudad Eterna y que corresponde a la actual Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino.

El 19 de marzo de 1831, siendo de edad de veintiséis años, fue ordenado sacerdote en la basílica de San Juan de Letrán. El hecho de haber recibido la ordenación sacerdotal cuando todavía no se había cumplido dos años de su llegada a Roma, nos induce a pensar que antes de su ingreso en la Orden, en 1828, debe haber cursado estudios filosóficos, en algún seminario de Irlanda, pues no nos explicamos que haya podido recibir el sacerdocio antes de concluir el segundo curso de filosofía, siendo que se requiere, por lo menos, estar en segundo año en teología.

Nos parece muy probable, por no decir seguro, que sus superiores hayan alentado la idea de dedicarlo a la enseñanza. Pero él escribió a su provincial, padre White, a fines de 1833, que deseaba ser misionero. La provincia de Irlanda había enviado religiosos al Estado de Ohio, en la Unión, para atender a los católicos irlandeses. En general, eran pobres, establecidos hacía poco años en aquellas vastas llanuras y vivían en ranchos distanciados uno de otros. La vida del misionero, que no contaba con otro medio de transporte que el caballo, se hacía sumamente penosa. Fahy llegó a Estados Unidos en 1834 y, a los dos años, una grave enfermedad lo obligaba a regresar a su patria.

Pasó una larga temporada en Loughrea, su ciudad natal, hasta recuperar su salud. Elegido prior del convento de Kilkenny, procedió a reconstruir su iglesia y a reorganizar el culto. Se podía trabajar en mejores condiciones, dadas las libertades concedidas a los católicos a partir de 1829.

El 6 de setiembre de 1839, escribe al Maestro general de la Orden, fray Angel Domingo Ancarani, pidiéndole que le permita volver a la misión de Ohio. El capítulo provincial irlandés de 1840 solicita para el padre Fahy, al mismo Ancarani, el grado de Predicador General, título que la Orden otorga a los religiosos que se han distinguido en la predicación, y suele concedérsele tan sólo a quienes se han dedicado largos años y con éxito al ejercicio del ministerio. El hecho de que haya sido solicitado para el padre Fahy, que apenas contaba treinta y cinco años de edad y nueve de sacerdocio, revela en él dotes nada comunes.

A principios del siglo XIX había unos dos centenares de irlandeses en el Río de la Plata, cantidad que se había duplicado después de 1820. Una misión encomendada por Rivadavia al general Juan O`Brien en 1822, para traer doscientos más, fracasó a causa de la oposición del gobierno inglés, que prefería fueran a trabajar a sus colonias. Pero aquel fracaso no dejó de producir resultados positivos, pues despertó en muchos irlandeses el deseo de probar fortuna en una nación nueva y de porvenir, como la nuestra, y esto dio comienzo a una afluencia inmigratoria que llegó a ser muy intensa al promediar el siglo.

La implacable y prolongada dominación inglesa había empobrecido a los habitantes de la isla. Esta situación se agravó con el hambre que padeció en 1847 y la peste de 1848, que dieron un notable impulso a la emigración. Entre 1847 y 1852 abandonaron Irlanda 1.200.000 personas, de las que más de un millón pasó a América del Norte. En treinta años, de 1841 a 1871, la población de la isla disminuyó de ocho a cuatro millones de habitantes.

No hay estadísticas precisas de la cantidad de irlandeses que arribaron a nuestras playas en aquellos años, pero no debieron ser menos de veinte mil. Cuando llega el padre Fahy, a principios de 1844, calcula su número en unos tres mil quinientos. Estos inmigrantes eran católicos y desde un principio surgió el problema de su atención espiritual, pues la diferencia de idioma les creaba un inconveniente para entenderse con el clero del país.

El primer capellán irlandés de Buenos Aires de que se tenga noticias fue el dominicano Edmundo Burke, que debió residir en esta ciudad entre 1820 y 1826. No figura en las listas de dominicos de 1819, pero sí en una del 16 de diciembre de 1821, que se conserva en el Archivo General de la Nación. Es uno de los sesenta sacerdotes que habitan el convento porteño y su edad era de sesenta y cuatro años. Falleció el 11 de enero de 1826 y fue sepultado en la Recoleta.

Tres años quedaron sin capellán hasta que, a principios de 1829, llegó el jesuita Patricio Moran, que falleció un año después. El arzobispo de Dublín designó entonces al presbítero Patricio O`Gorman, quien llegó en 1831 y permaneció dieciséis años, es decir hasta su muerte, ocurrida en 1847.

Cedamos la palabra por un momento a monseñor Ussher: “Durante los primeros treinta años de la pasada centuria, los inmigrantes de Hibernia permanecieron, por norma general, en la ciudad y suburbios. Era lo que les aconsejaba el tropiezo del lenguaje, el temor a los indios de la pampa y la inseguridad de la vida en la campaña. Su número sería, al llegar el padre O`Gorman, de unos mil quinientos. En tales condiciones su asistencia religiosa no excedía los alcances de un solo sacerdote. Pero con el correr de los años, viendo que el peligro de los malones disminuía y que las tareas pastoriles les ofrecían más próspero porvenir, comenzaron a alejarse paulatinamente de la ciudad y a diseminarse por la campaña, con preferencia hacia los partidos del sur. Por el año 1840 su número no bajaría de tres mil y habían llegado más allá de La Magdalena, Ranchos, San Vicente, Cañuelas y Morón. Para atender debidamente una feligresía así diseminada no bastaba, evidentemente, un solo sacerdote, con la circunstancia agravante de que el presbítero O`Gorman, no gozaba de buena salud”.

Para solucionar esta situación, el presidente de la Sociedad Católica Irlandesa, don Santiago Kiernan, contando con la aprobación del obispo de Buenos Aires, monseñor Mariano Medrano, se dirigió el 1 de mayo de 1843 al arzobispo de Dublín, exponiéndole las nuevas necesidades y pidiendo un sacerdote virtuoso para esta gran tarea. El 3 de setiembre el arzobispo respondía que ya contaba con el sacerdote adecuado y anunciaba su próxima venida: el 11 de enero de 1844, el día en que cumplía treinta y nueve años de edad, desembarcaba en Buenos Aires fray Antonio Domingo Fahy.

Es mérito de monseñor Ussher el haber establecido la fecha exacta de su arribo. Era creencia común entre los irlandeses y sus descendientes, y se ha publicado en repetidas ocasiones, incluso después de la aparición de su libro, que el padre Fahy había llegado el 13 de junio de 1843. Además, figura en la placa que se colocó en su sepulcro de la Recoleta, al conmemorarse el 13 de junio de 1943 el centenario de su llegada.

Pero la carta del arzobispo de Dublín es del 3 de setiembre. Además, monseñor Ussher logró ubicar perfectamente la fecha del 11 de enero de 1844 por el periódico inglés The British Packet, del 20 de aquel mes, que registra la entrada en el puerto de Buenos Aires, el día 11, del bergantín británico Plata, procedente de Liverpool. “Pasajero el reverendo míster Fay [sic] que ha sido designado por el Arzobispo católico romano de Dublín como capellán de los irlandeses católicos romanos en este país”.

Su primera residencia debió ser el convento de Santo Domingo, como lo fue del primer capellán irlandés, fray Edmundo Burke. Pero las tareas que le habían sido encomendadas eran poco compatibles con la vida de observancia de una comunidad religiosa.

Poco tiempo después se instalaba – y ese sería su domicilio hasta su muerte – en la esquina noroeste de las actuales calles Reconquista y Bartolomé Mitre. Dicha casa se la cedió gratuitamente don Tomás Armstrong, irlandés protestante, casado con doña Justa Villanueva, argentina y católica.

No era fácil, por cierto, la misión del nuevo capellán que debía atender espiritualmente unos tres mil quinientos connacionales, cuyo número aumentaba constantemente. Pero la reciedumbre de su personalidad, su integridad sacerdotal y su espíritu apostólico lo convertirán pronto en el patriarca de los irlandeses de Buenos Aires y su provincia. Se preocupará no sólo de su salud espiritual, que era su misión específica, sino que atenderá sus necesidades materiales, promoviendo su progreso y bienestar en todos los órdenes de la vida. Su capacidad personal, su prestancia espiritual y su prestigio moral harán de él amigo y consejero de confianza, guía seguro, mentor experto y juez indiscutible de sus compatriotas. El mismo escribirá al superior de Irlanda, en 1861: “yo soy cónsul, jefe de correos, juez, pastor, intérprete y proveedor de trabajo para toda esta gente”.

El primer contacto con su feligresía tuvo lugar, probablemente, en la iglesia de San Ignacio, que desde la llegada del presbítero O`Gorman, en 1831, estaba a disposición del capellán de los irlandeses. Pero la misma labor parroquial limitaba necesariamente su libertad de acción.

Ese debió ser el motivo por el que buscó un templo en donde pudiera desarrollar más holgadamente sus actividades, y lo encontró en la capilla de San Roque, perteneciente a la Tercera Orden franciscana, cuyos miembros la utilizaban en determinados días y horas. A esta capilla la dotó de bancos, púlpito, confesionario y órgano. Durante la semana atendía a su gente en la iglesia de la Merced, muy próximo a su domicilio, en la que celebraba misa, confesaba, bautizaba y casaba.

Una vez adelantada su labor apostólica de la ciudad, comenzó a salir a la campaña, donde se encontraba quizás más de la mitad de su grey, y pudo comprobar, quizás con estupor, que su radio de acción abarcaba un área de veinticinco mil kilómetros cuadrados, entre el Río de la Plata y la pampa de los indios y desde Chascomús hasta San Antonio de Areco. Pero esta perspectiva, lejos de desalentarlo, le dio ánimo para proponerse llegar con el tiempo hasta el último rincón en donde se encontrara un compatriota. Recorrerá a caballo aquella “llanura nivelada”, como llamó Hudson a la pampa.

Encontró a sus connacionales dedicados a tareas del campo. En general, era gente llegada no hacía mucho tiempo, que poco se entendían con el nativo a causa de su idioma. Con los años irán consustanciándose con el criollo y hasta con el gaucho, como puede inferirse de fotografías de gauchos irlandeses que aparecen en el libro El gaucho. Reseña fotográfica. 1860-1930, publicado por José M. Paladino Giménez.

Comprobó que carecían completamente de asistencia espiritual y, sin medir obstáculos ni sacrificios, se propuso dividir su tiempo, dedicando una parte a su grey urbana y la otra a la rural. “Visitaría por turno y periódicamente todos los distritos donde se hubiesen radicado sus compatriotas; los atendería en fechas y sitios determinados con anticipación. Estos sitios serían, dentro de lo posible, las iglesias locales o las estancias y residencias estratégicas de vecinos benévolos y, por último, cualquier rancho donde hubiese una familia irlandesa que no pudiera acudir a los sitios predeterminados. En la fecha fijada, allí estará él y se congregarán sus parroquianos desde diez, veinte o más kilómetros a la redonda…Celebrará la santa misa, administrará los sacramentos, predicará, examinará a los niños de la doctrina…”

Durante años realiza él solo esta intensa labor. En sus correrías apostólicas pronto comprueba que sus paisanos que viven en el campo se encuentran en mejor situación económica y tienen más porvenir que los que residen en la ciudad. Entonces se propuso aconsejar a sus compatriotas que se radicaran en la campaña, ahorraran sus ganancias, las invirtieran en ovejas y luego adquirieran tierras, para emanciparse económicamente. De esta política económica resultó que, con el correr de los años, los irlandeses se constituyeron en los más numerosos y prósperos criadores de lanares de la República Argentina, y al mismo tiempo, contribuían al progreso agropecuario del país.

Por otra parte, indujo a sus connacionales a depositar sus ahorros en los bancos. Para las primeras operaciones, él mismo los acompañaba –su domicilio estaba situado en el centro bancario de Buenos Aires- y “los depósitos se efectuaban a nombre de ambos” y a la orden de uno u otro, indistintamente…Cuando el dueño del depósito pensaba que tenía lo suficiente para adquirir un lote de campo, acudía de nuevo a su compañero de cuenta, quien le aconsejaba sobre la operación y le recomendaba al escribano que redactaría el título de propiedad”.

Mucho puede decirse acerca de este punto, pero no podemos extendernos más. El hecho es que los irlandeses prosperaron notablemente en la campaña bonaerense y ese bienestar que adquirieron con el tiempo y con su trabajo se debe a las iniciativas y consejos de su previsor capellán.

Pero también pensaba en sus compatriotas de Irlanda que durante el hambre de 1847 morían a millares. El padre Fahy promovió una colecta y pudo enviar al arzobispo de Dublín 411 libras esterlinas, es decir, más de 50.000 pesos según el cambio de entonces.

Con este motivo, escribe al arzobispo una carta en la que pondera los recursos naturales de esta nación y las perspectivas halagüeñas que se ofrecen a los inmigrantes. Notemos que no es la única vez que habla bien del país, del gobierno y de sus habitantes.

Esta carta fue publicada en dos periódicos de Dublín y pronto comenzaron a llegar centenares de irlandeses. El capellán los esperaba en el puerto para ayudarlos y orientarlos. Como muchos llegaban enfermos, fundó para ellos el Sanatorio para Inmigrantes Irlandeses, en Cangallo entre Esmeralda y Suipacha. Pero como no llenaba sus aspiraciones, en 1850 compró una manzana de terreno destinada a la edificación de un hospital, en Tucumán y Río Bamba, entonces suburbio de la ciudad.

Al promediar el siglo XIX, la colonia irlandesa del Río de la Plata había duplicado su número y se extendía cada vez en la provincia de Buenos Aires. Su antecesor, el padre O`Gorman, que hacía de ayudante suyo y atendía en la ciudad cuando Fahy salía a la campaña, había fallecido a principios de 1847. En ese mismo año escribió al arzobispo de Dublín, pidiendo un compañero; pero su solicitud no tuvo éxito. Tampoco le fue posible fundar un convento de dominicos irlandeses, como era su deseo.

Desde 1850 le ofrecieron sus servicios algunos sacerdotes de lengua inglesa, pero varios de ellos no dieron resultados.

En vista de estas dificultades, recurrió al arbitrio de formar en Irlanda sacerdotes para la diócesis de Buenos Aires, pero destinados a atender a sus connacionales. Se dirigió al presidente del Colegio de All Hallows, o sea de Todos los Santos, de Dublín, seminario en donde se preparan sacerdotes para las misiones extranjeras. El presidente del Colegio, monseñor Moriarty, le consiguió seis jóvenes, cuyos estudios costeó el padre Fahy, mejor dicho, la colectividad irlandesa rioplatense, los que, terminada su formación o ya muy adelantada, vinieron a nuestro país a partir de 1859: se llamaban Tomás Carolan, Miguel Leahy, Santiago Curran, Miguel Connolly, Santiago Kirky y Patricio Dillon. Más tarde, en 1867 y 1868, llegaron otros seis: Patricio Lynch, Samuel O`Reilly, Tomás Mulleady, Félix O`Callaghan, Juan Bautista Leahy y Edmundo Flannery.

A medida que iban llegando, el padre Fahy se ocupaba en iniciarlos en su nueva vida, orientarlos en su misión a cumplir y luego les asignaba el territorio que debían atender, que comprendía también las Islas Malvinas, a  las que ya en 1856 había enviado al presbítero Lorenzo Kirwan.

Varios de ellos se distinguieron más tarde, pero ninguno como Patricio Dillon, que, llegado al país en 1863, fue destinado a atender la nueva capellanía de Merlo y parroquias colindantes. Mas tarde pasó a las Malvinas y de regreso, en 1866, aparte de sus actividades como capellán irlandés, fue profesor del Seminario Metropolitano, y en 1869-1870 acompañó, en calidad de consultor teológico, al arzobispo de Buenos Aires, monseñor Escalada, al Primer Concilio Vaticano. Más tarde fue canónigo y deán del Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, diputado a la Legislatura bonaerense y fundador del Semanario irlandés The Souhern Cross. Fue honrado por la Santa Sede con el título de monseñor y falleció a los 48 años, el 1 de junio de 1889.

Para terminar con este punto, citaremos un párrafo que escribía monseñor Ussher en 1952:

“Hace cien años, en 1852, cuando aún no había aquí un seminario [el Padre Fahy] encaró de frente el problema de la escasez de sacerdotes y, en cuanto de él dependía, contribuyó en una forma eficaz y práctica a su solución. Costeó la carrera de doce sacerdotes para esta jurisdicción diocesana. Es un hecho sorprendente, sin paralelo en nuestra historia religiosa y completamente ignorado en nuestros círculos eclesiásticos”.

Otro capitulo muy interesante de la vida del personaje que nos ocupa es el referente a las Hermanas irlandesas de la Misericordia (Sister of Mercy). En Buenos Aires, hasta después de mediados del siglo XIX, no se conocían otras religiosas que las monjas de clausura: las dominicanas del monasterio de Santa Catalina de Siena y las capuchinas del monasterio de Santa Clara. Ambos monasterios hablan sido fundados a mediados del siglo XVIII.

Desde fines de 1844, el padre Fahy se propuso traer las Hermanas de la Misericordia, fundadas en Irlanda en 1831 por Catalina Mc Auley, y dedicadas principalmente a la educación de niñas pobres y a la asistencia de enfermos. Precisamente, unas de sus hermanas, María Fahy, había ingresado en dicha congregación, corno dijimos en un principio.

Aquel primer intento fracasó, pero la tenacidad del padre Fahy terminó por triunfar, después de más de 11 años. En efecto, el 24 de febrero de 1856, desembarcaban en Buenos Aires sor María Evangelista Fitzpatrick, que venía de superiora, tres hermanas profesas, dos novicias y dos postulantes. Fueron recibidas en el puerto por el capellán y un grupo de connacionales y conducidas al sanatorio irlandés de la calle Cangallo, del que ya hicimos mención.

Pero la satisfacción que experimentó el padre Fahy con su arribo pronto se vio empañada por una penosa contrariedad. El obispo de Buenos Aires, monseñor Escalada, recibió una nota del ministro de Gobierno solicitándole que notificara a las hermanas que no podían establecerse sin autorización expresa del poder civil.

En realidad, eran las primeras religiosas modernas, de vida activa, que se conocían en Buenos Aires, y constituían una novedad. Se granjearon el aprecio de mucha gente; pero la prensa liberal inició una campaña en contra de ellas, tildándolas de monjas exóticas, que se hablan atrevido a entrar clandestinamente al país, violando las leyes del Estado. El Gobierno creyó que era su deber estudiar el asunto y citó al padre Fahy, quien declaró, entre otras cosas, "que él había traído por su propia autoridad a las hermanas y que les había comprado y preparado una casa con limosnas de los irlandeses; que siempre había creído poderlas traer de ese modo por no ser religiosas de clausura y porque llegando la libertad que se concede en estos países hasta el punto de que los protestantes traigan maestros y maestras de sus sectas con toda libertad y propaguen del mismo modo sus errores y se establezcan en todo el Estado públicamente, sin que se les haga la menor oposición, llevando su osadía hasta a repartir libros llenos de errores y contrarios a la religión del Estado, a los inocentes niños argentinos, él había creído poder traer eses religiosas para bien de sus compatriotas y en obsequio del país…”. A pesar de la rigurosa lógica del padre Fahy, se dispuso que las hermanas, para establecerse, debían tener autorización del gobierno. La superiora inició un expediente cuya tramitación duró año y medio.

No podemos detenernos en las diversas alternativas ni en los interesantes detalles de este asunto. Pero diremos que en mayo de 1857 ascendió al gobierno del Estado de Buenos Aires el doctor Valentín Alsina, quien nombró ministro de Gobierno al doctor José Barros Pazos y asesor legal al gran jurisconsulto Dalmacio Vélez Sársfield.

El gobernador Alsina pasó el asunto al doctor Vélez Sársfield, quien, en un dictamen que lleva fecha de 26 de noviembre de 1857, zanjó definitivamente la cuestión, aclarando la situación legal de las hermanas y su derecho a fundar una casa religiosa.

El 3 de diciembre el gobernador Alsina y el ministro Barros Pazos firmaron la resolución definitiva, de acuerdo con el dictamen de Vélez Sársfield. De este modo quedó establecido que las hermanas no habían violado ley alguna del Estado y que gozaban de los derechos de todos los inmigrantes.

En virtud de este decreto, en adelante los miembros de cualquier orden o congregación religiosa podrán entrar al país como inmigrantes, establecerse en él y dedicarse  a sus fines específicos. En menos de dos años, ya se habían establecido en Buenos Aires, sin inconveniente alguno legal, las Hermanas de la Caridad, las de Nuestra Señora del Huerto y los padres bayoneses y, más tarde, muchísimas otras comunidades de religiosos y religiosas. Pero el mérito de haber abierto la brecha – y esto es muy poco sabido – pertenece al padre Fahy y a las hermanas irlandesas de la Misericordia.

Antes de pasar adelante, recordemos que el padre Fahy fue uno de los fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paúl, de Buenos Aires, conocida después con el nombre de Conferencia Vicentina, que se estableció en la parroquia de La Merced el 24 de abril de 1859.

Vayamos ahora a sus fundaciones benéficas: escuelas, hogar, hospital, capilla.

Hemos dicho que había adquirido un inmueble en Riobamba y Tucumán para escuela y hospital. Hizo reformas y ampliaciones en el edificio existente para instalar la escuela y levantó nuevas construcciones para el hospital. Trasladó allí a las Hermanas de la Misericordia a fines de 1856 y, al año siguiente, inauguró la escuela con cinco grandes aulas y capacidad para veinte pensionistas, además de un anexo de enseñanza gratuita para las niñas pobres de la zona. Inaugura el hospital en 1858 y cierra el sanatorio de la calle Cangallo.

Por 1860 edifica una capilla pública cuyo frente da a la calle Riobamba, entre Tucumán y Viamonte. Para ese tiempo se han hecho nuevas ampliaciones en la escuela, de modo que tenia “sesenta y cinco internas, hijas de irlandeses, y, además, ciento sesenta hijas de nativos, que reciben educación gratuita”, según escribe él mismo. Este edificio, después de prestar grandes servicios durante cuarenta años, desapareció a causa del avance y modernización de la ciudad. Sus terrenos están ocupados hoy en día por el edificio del Colegio de La Salle, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Pero las instituciones que albergaba subsisten aún en tres edificios edificados posteriormente e independientes entre sí: el Colegio Santa Brígida, de la Avenida Gaona 2068; el Instituto Mater Misericordiae de la calle 24 de noviembre 865, y el Hogar Irlandés, de la calle Salguero al 500. Los tres siguen bajo la dirección de las Hermanas de la Misericordia.

Estas Hermanas fueron creciendo en número, en un primer momento por refuerzos procedentes de Irlanda y poco después por las vocaciones que surgieron en el país, principalmente dentro de la colectividad. Las primeras ingresaron el 24 de junio de 1858. Eran las señoritas  mercedes Zapiola, hija del ilustre guerrero de la independencia, e Isabel Foley, irlandesa.

Pero el padre Fahy no solamente se preocupó por la enseñanza de las niñas, sino también por la de los varones. Desde un principio abogó por el envío de maestros irlandeses con título y poco después, se empeña en traer hermanos de las Escuelas Cristianas. Nada de esto consiguió, a pesar de sus esfuerzos. Pero en 1860, cuando han comenzado a llegar los primeros sacerdotes formados en Irlanda para el Río de La Plata, cree llegado el momento de fundar el colegio de varones.

Para llevar a cabo esta obra compró una manzana entera, al lado del establecimiento de las hermanas, limitada por la avenida Callao y las calles Tucumán, Riobamba y Lavalle, que costo doscientos sesenta mil pesos, fuera de lo que debió invertir para acondicionar el edificio allí existente. Por supuesto que cifraba también grandes esperanzas en esta obra, que se inauguró en setiembre de 1861, bajo la dirección de los presbíteros Kirwan y Curran. Lamentablemente, este colegio, que funcionó dos o tres años, no logró el éxito que esperaba su fundador, pues los directores no estaban capacitados para aquella difícil tarea.

En vista de ello, el padre Fahy decidió transferir a los padres jesuitas, que deseaban fundar un colegio para varones, y se lo vendió en trescientos mil pesos, es decir en la cantidad que le costó, más lo gastado en arreglos y ampliaciones. Los jesuitas, con el padre José Sató a la cabeza, fundaron allí el renombrado Colegio del Salvador.

Si bien sus actividades se limitaban a lo que se relacionaba con sus compatriotas, el padre Fahy era conocido y apreciado tanto por los gobernantes, como por todos los sectores sociales de Buenos Aires.

El presidente de la República, general Bartolomé Mitre, que sentía admiración por él, lo consideró acreedor a una distinción honorífica, e invocando el patronato español, es decir, un privilegio concedido por la Santa Sede a los Reyes de España, que pretendían heredar los gobernantes hispanoamericanos, dictó un decreto, el 19 de mayo de 1864, designando al padre Fahy y al presbítero doctor Eduardo O`Gorman canónigos honorarios de la Catedral de Buenos Aires. A pesar de que no puede aceptarse un tal nombramiento proveniente de la autoridad civil, es indudable que tenía un alto significado: se quería honrar a una persona de altos merecimientos. Pero todavía hay algo más. El presbítero O`Gorman, hijo de irlandés y de argentina, era nacido en el país, pertenecía al clero diocesano, del que era miembro distinguido y párroco de San Nicolás de Bari. Por lo tanto, considerando su persona, su estado y sus méritos, podía ser acreedor a tal distinción. Pero el padre Fahy era un extranjero y, además, un religioso, y esta última condición le impedía, de por sí, obtener un título semejante, reservado exclusivamente al clero secular. Pero su significado salta a la vista: el gobierno quería honrar a un sacerdote digno de ser honrado.

Desconocemos la actitud de nuestro protagonista frente a esta situación. Pero no cabe duda de que no lo aceptó, porque no podía aceptarla. Sin embargo, con posterioridad muchos lo llamaron canónigo y se consignó dicho título en la lápida de su monumento sepulcral en el cementerio de la Recoleta.

Y ya que estamos considerando la incompatibilidad de su estado religioso con la distinción que se le otorgaba, vamos a entrar en un aspecto también interesante de su vida y de su persona: su condición de religioso dominicano, de lo que no hacía alarde, dado su carácter reticente, pero a la que nunca renunció.

A pesar de que en el ejercicio de su ministerio entre nosotros siempre figuró y trabajó como miembro del clero diocesano y dependía directamente del arzobispo de Dublín, de que habitualmente usaba sotana y capa negras, de que atendía al público, no en Santo Domingo, sino en la Merced o San Roque, y de que en el monumento erigido en honor de los muertos en la fiebre amarilla de 1871, su nombre encabeza la lista de los sacerdotes seculares y no de los religiosos que cayeron víctimas del flagelo, nunca hizo ningún misterio de su carácter de religioso dominicano.

Todos los años, el 4 de agosto, día de Santo Domingo, lo pasaba en el convento de su orden, con su hábito blanco, en compañía de sus hermanos. “El padre Fahy, escribe monseñor Ussher, fue  siempre en espíritu un verdadero y leal religioso dominicano y aspiraba a regresar al retiro de la vida conventual. Mantuvo siempre profundo interés en los asuntos de su orden y, en cuanto lo permitieron las circunstancias de su vida, contribuyó a su bienestar y progreso. No obstante su relativa independencia y el prolongado alejamiento que le separaban de sus superiores, mantuvo constante correspondencia tanto con ellos como con sus otros hermanos religiosos en Italia y en Irlanda”.

Su idea era fundar aquí un convento de dominicanos irlandeses, pero no pudiendo llevarlo a cabo, recurrió, como vimos, al colegio de All Hallows, de Dublín, para preparación de sacerdotes diocesanos.

La situación de la Orden y de todas las órdenes en nuestra patria y en todo el mundo era muy precaria en la primera mitad del siglo XIX. Las revoluciones y las convulsiones políticas de Europa y América habían provocado la disminución de su personal y el resquebrajamiento de su disciplina interna.

En 1855, el padre Fahy remite al Maestro General de la Orden un informe acerca de su opinión sobre el estado de la provincia dominicana argentina, informe que le había sido solicitado por intermedio del prior de San Clemente. Explica que existen ciertas deficiencias en la observancia regular y que alguna reforma es necesaria; pero que no sería prudente enviar un extranjero como visitador general, pues encontraría dificultades. Según el padre Fahy, el candidato más indicado sería fray Olegario Correa, religioso nacido y formado en Córdoba, pero que se encuentra en Buenos Aires desde hace muchos años. “Es prudente, piadoso y devoto; es apreciado por el pueblo y respetado por el gobierno; es incansable en promover el bien de la Orden y los intereses de la religión. Anhela vivamente que todos vuelvan a la estricta observancia y en esto sería apoyado por varios otros que abrigan el mismo deseo". Sugiere que envíe dos o tres religiosos piamonteses o genoveses y uno o dos franceses para atender a sus connacionales. No sabemos qué efecto habrá producido este informe en Roma. Pero diremos que, fray Alejandro Vicente Jandel, que en 1850 habría sido colocado por Su Santidad Pío IX al frente de la Orden, se había propuesto restaurarla en todo el mundo. Respondiendo a sus directivas, el padre Olegario Correa, que había sido elegido prior de Córdoba, instauraba la vida regular en el convento de dicha ciudad el 24 de octubre de 1857. En 1862 se hacía otro tanto en el de Buenos Aires y poco a poco fueron adoptándola los restantes conventos dominicanos del país.

Como las vocaciones escaseaban, fray Olegario Correa pidió al padre Fahy que le consiguiera algunas en Irlanda. En 1863 escribía al provincial de los irlandeses que el padre Correa “recibiría seis jóvenes y abonaría los gastos de viaje desde Irlanda”. Y se ve que ya piensa retirarse al convento de Buenos Aires, pues en una carta del 28 de agosto de 1863 expresa: “Para fin de año espero tener esta misión [la capellanía de los irlandeses] tan perfectamente organizada, que me permita retirarme a mi convento y dedicar los pocos días que me restan al servicio de mi orden en esta nación “. En cartas de fecha posterior, hasta 1870, reitera el mismo anhelo.

Su gestión para conseguir novicios en Irlanda para la Provincia Argentina no tuvo el éxito deseado; pero algo consiguió. A principios de 1864 desembarcaban tres jóvenes irlandeses destinados a Córdoba. Lamentablemente, sólo uno de ellos, Miguel Burke, llegó a ingresar a la Orden.

Según consta en el archivo de Santo Domingo de Córdoba, el joven Miguel Burke, “natural de Irlanda”, vistió el hábito de manos del padre Olegario Correa, entonces vicario general de los dominicos argentinos, el 14 de julio de 1865, junto con el cordobés Vicente Ruiz, siendo de edad de veintiún años, nueve meses y veintiocho días. Fue su maestro de novicios el padre Reginaldo Toro, uno de los principales colaboradores del padre Correa en su obra restauradora, que más tarde será dos veces provincial y finalmente obispo de Córdoba. Al año siguiente, el 22 de julio, el mismo vicario general recibe la primera profesión del joven irlandés, en la que recibe el nombre de fray Miguel de Santo Tomás. Allí también realiza sus estudios, al término  de los cuales obtiene el tradicional título de Lector, que lo habilita para enseñar filosofía y teología. Su profesión solemne, o sea sus votos definitivos, tiene lugar el 25 de julio de 1869, ya próximo a cumplir los veintiséis años. Poco después recibe la ordenación sacerdotal, que le fue conferida por el obispo de Córdoba, monseñor José Vicente Ramírez de Arellano. De buenas condiciones humanas, religiosas e intelectuales debió ser, a juzgar por la trayectoria de su vida. En efecto, apenas ordenado sacerdote actúa como secretario del capítulo provincial de noviembre de 1869, celebrado en Córdoba, y fray Dionisio Márquez, que es elegido en aquella ocasión superior de la Provincia Argentina, lo nombra su secretario personal. Al mismo tiempo, ejerce el oficio de profesor de latín y de administrador del convento. En mayo de 1872 es nombrado profesor de filosofía y maestro de novicios y dos años más tarde pasa a Buenos Aires, y continúa en la enseñanza de las ciencias filosóficas; desde abril de 1876 es prior del convento porteño, sin abandonar la cátedra. En noviembre de aquel año de 1876, a solicitud de una comisión compuesta por damas y caballeros, permite que en el antiguo altar de san José del templo dominicano, se haga una gruta destinada a una hermosa imagen de la Virgen de Lourdes, traída de Francia. En aquel mismo tiempo se fundó la Asociación Bonaerense de Nuestra señora de Lourdes, la primera de esta advocación que se constituyó e nuestro país. No llega a terminar su priorato, ya que presenta su renuncia en febrero de 1878, antes de cumplirse el segundo año de su trienio, t le sucede fray Marcolino Benavente. Pero continuó enseñando filosofía y en enero de 1879 se le designa maestro de los Hermanos Cooperadores. Residió en Buenos Aires hasta principios de abril de 1880 en que pasó al convento de San Juan. En esta ciudad desempeñó la cátedra de Derecho Canónico, en el seminario diocesano, hasta su fallecimiento, ocurrido el 13 de octubre de 1882, a los treinta y nueve años de edad. En el padre Burke cristalizó, al menos parcialmente, por la brevedad de su vida, la única vocación que, en definitiva, consiguió el ardiente anhelo del padre Fahy por ayudar a sus hermanos argentinos.

Como buen dominicano, el padre Fahy celebraba la santa misa según el rito de su Orden. Ello se infiere, sin lugar a dudas, por el hecho de que tenía su misal dominicano, firmado por él, que monseñor Ussher encontró en la parroquia de la Merced y lo confió al Colegio de Santa Brígida, para su conservación, juntamente con el ejemplar de la Biblia que trajo de Irlanda.

Finalmente, sus restos mortales bajaron al sepulcro amortajados con el hábito de Santo Domingo. Debe ser por lo tanto, de veracidad muy relativa, la versión de que sus amigos “buscaron en vano en su ropero una indumentaria decente con que vestirlo”. (Discurso del Dr. Santiago O`Farrell).

Los últimos años del padre Fahy transcurren con sus desvelos de siempre y su intensa labor. Su edad y su salud ya no le permiten salir a la campaña, como antes pero, como hemos podido apreciar, con los sacerdotes traídos de Irlanda había conseguido solucionar satisfactoriamente las necesidades espirituales de sus numerosos feligreses de la provincia de Buenos Aires.

Una de las tareas que le preocupan en sus últimos años es la ampliación del Hospital Irlandés, de la calle Riobamba, que logra después de 1865, a costa de ponderables esfuerzos.

La peste del cólera que azota a Buenos Aires en 1867 y 1868 pone a prueba una vez más sus condiciones de buen pastor. Pero la epidemia de fiebre amarilla, que aparece en enero de 1871 y dura hasta junio, produciendo más de tres mil víctimas, era la destinada a terminar con su vida. Desde hacía tiempo su salud estaba quebrada y declinaba visiblemente. En la tarde del 16 de febrero fue requerida su presencia desde la calle Defensa, para atender a una enferma italiana atacada por la epidemia.

Extraña, a primera vista, este llamado de una enferma italiana y de la calle Defensa, del otro lado de la Plaza, perteneciente a la parroquia de San Ignacio y en la cual se encuentran los conventos de San Francisco y Santo Domingo. Es que el padre Fahy era el sacerdote más popular de Buenos Aires y conocido por su inmensa caridad. Además, hablaba bien el italiano, aprendido en Roma, en su juventud.

El ejemplar sacerdote se dispone a ir, y ante la observación de un amigo de que dicha señora no debía recurrir a él, sino a uno de su nación o al clero de la parroquia, le responde: la caridad no conoce patria (Charity knows no country), y parte a cumplir con su deber.

Al día siguiente, que era viernes, se sintió enfermo. Fue visitado por un gran amigo suyo, Miguel Mulhall, que lo encontró sentado en un sillón y muy débil. Falleció el lunes siguiente, 20 de febrero de 1871, aproximadamente a las cuatro y media d la mañana.

A causa del estado sanitario de la ciudad, las autoridades municipales exigían el sepelio en el mismo día del fallecimiento. Por eso se realizó a las seis de la tarde, ante una concurrencia que evidentemente habría sido mucho mayor en otras circunstancias. Algunos amigos íntimos se hicieron cargo de su sepelio. Su cuerpo, como ya dijimos, fue vestido con el hábito dominicano y sus amigos adquirieron para él un espléndido ataúd.

En el cortejo, según lo describe el diario inglés The Standard, “el primer carruaje fue ocupado por monseñor Aneiros, el segundo por los religioso dominicanos; siguieron otros cuarenta, además de varios vehículos particulares, contraviniendo disposiciones municipales, que limitaban a cinco el número de coches”.

“A las siete llegó el cortejo a la Recoleta y mientras doblaban las campanas, el féretro fue conducido a la capilla mortuoria, donde el obispo y el clero rezaron las oraciones litúrgicas. Después siguió la procesión hasta la bóveda del clero…”, en donde fue sepultado.

Desde los días de su muerte, los irlandeses pensaron en erigir un digno sepulcro a su dignísimo capellán. Pero, por diversos motivos, esta idea tardó más de treinta años en tener un principio de realización. El 13 de setiembre de 1901 fue sacado el ataúd de la cripta del Pilar, y se comprobó que estaba intacto y conservaba la inscripción que le fuera colocada en ocasión de su sepelio. Al ser abierto, pudieron verse sus restos envueltos en el hábito dominicano y con una estola sacerdotal. Cerrado de nuevo, fue depositado provisoriamente en el panteón de los sacerdotes y se levantó un acta. Se iniciaron gestiones para inhumarlo en el Colegio de Santa Brigada, al pie del monumento erigido allí en su honor, pero no tuvieron resultado. Luego, al edificarse una espléndida capilla anexa al colegio, se realizaron en vano nuevos trámites.

En busca de una solución definitiva, la Asociación de Señoras San José, organización benéfica de damas irlandesas e hiberno-argentinas, proyectó levantar un monumento en la Recoleta, y allí se levantó, sobre la avenida central de la entrada de la necrópolis y frente al de su compatriota el almirante Guillermo Brown.

El monumento fue ejecutado en Dublin con granito y mármoles de Irlanda. La cruz celta se eleva como cúspide del conjunto, y a sus pies, se encuentra un busto del personaje allí sepultado, debajo del cual un ángel sostiene una inscripción brevísima, pero que lo dice todo: FATHER FAHY. En la parte posterior se lee otra inscripción, también en inglés, mucho más extensa, que alude a sus grandes virtudes y méritos y a la gratitud de su pueblo. Lamentablemente, han quedado grabados en el mármol, quizás para siempre, los tradicionales errores cronológicos relativos a los años de su nacimiento y de su llegada a la República Argentina.

El original y notable monumento fue inaugurado el 4 de junio de 1912. Ante una numerosa concurrencia presidida por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Espinosa, el obispo de La Plata, monseñor Terrero, ofició una misa de requiem en la iglesia del Pilar, mientras otros sacerdotes hacían lo mismo en los altares laterales. Las autoridades y la multitud pasaron luego al cementerio, en donde el arzobispo bendijo el monumento y el doctor Santiago O`Farrell, en elocuente discurso, reseño los grandes méritos del ilustre e inolvidable pastor. Aquella ceremonia fue una demostración viva e imponente, a más de cuarenta años de su muerte, de la perdurable gratitud de la colectividad hiberno-argentina hacia el gran bienhechor de sus antepasados. Por su parte, las autoridades municipales de Buenos Aires dieron su nombre a una de las calles de la gran urbe. En el parque Ameghino, que ocupa el sitio del antiguo Cementerio del Sur, en el que recibieron sepultura la mayor parte de las víctimas de la fiebre amarilla, y otros que sacrificaron su vida en aquella emergencia, el nombre del padre Fahy encabeza la lista de los treinta y dos sacerdotes que figuran allí.

Bajo otros aspectos, los monumentos más importantes que recuerdan su vida y su obra son el Colegio Santa Brígida, de Buenos Aires, y el Instituto Fahy, situado en Moreno, a cuarenta kilómetros de la ciudad, que dirigen los padres palotinos irlandeses.

Repetimos que el Colegio Santa Brígida reemplaza al antiguo edificio sito en la calle Riobamba y vendido a fines del siglo pasado a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, quienes edificaron allí el monumental Colegio La Salle. El Instituto Fahy, por su parte, es la realización práctica del Colegio para varones que el padre Fahy inició, según ya vimos, y no pudo llevar adelante por razones ajenas a su voluntad. Fue fundado y es sostenido por la Asociación de Señoras de San José, la misma que levantó el monumento sepulcral de la Recoleta.

En otro sentido, el recuerdo más grandioso, humano y permanente del padre Fahy es el que él mismo trajo a estas riberas del Plata: las Hermanas de la Misericordia, que han continuado sin desalientos la imponderable obra que él les encomendó.

Muchos son los elogios que podemos hacer o que podemos citar respecto de la persona y la obra del personaje que nos ha ocupado. Baste recordar algunos de los párrafos que aparecieron en La Nación del 23 de febrero de 1871, que fueron atribuidos al general Bartolomé Mitre y es muy probable que le pertenezcan, por su estilo y por el aprecio que, como hemos visto, sentía por el padre Fahy: “Había en Buenos Aires un sacerdote respetable, que podía llamarse el patriarca de la colonia irlandesa…Nos referimos al padre Fahy…Había consagrado a sus compatriotas todo su tiempo, toda su actividad, toda su vida…Era el abogado, el director, el amigo, el sacerdote y el benefactor de todos y cada uno de los irlandeses…El padre Fahy era uno de esos raros ejemplos de abnegación completa, activa y fecunda de la individualidad, hecha en bien de la familia humana…Honrar la memoria del honorable padre Fahy es honrar la raza humana en los grandes y generosos móviles que a veces la animan y de que él fue tan alto y digno representantes ”.

Y, para concluir, nada mejor que las postreras palabras del libro de monseñor Ussher: “En verdad, Antonio Domingo Fahy se destaca como un gran sacerdote en la historia eclesiástica argentina, pero especialmente fue, en esta tierra, el venerable patriarca de sus compatriotas, cuya memoria vivirá para siempre en los anales de la colectividad hiberno-argentina”.

Fuente: www.op.org.ar/Frailes/FahyAD.doc