Edmundo
Murray
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Trabajo,
Familia y Escándalo
En el Centésimo Aniversario del Nacimiento del
Dr. Edmundo Guillermo Murray (1903-1979)
Papá nació el 24 de Julio de 1903 en Los Tres Pozos, la estancia de los Murray cerca de Capilla del Señor, provincia de Buenos Aires. Seguramente, lo bautizaron "Edmundo" por Edmund Rice, fundador de los Christian Brothers en Irlanda, y "Guillermo" por su abuelo materno, William Murphy, quien había fallecido trece años antes de su nacimiento. Los hermanos de papá fueron Juan Tomás (1902-1971), Eleonora Amalia (1905-1979) e Imelda (1914-1970). Siguiendo la costumbre de las familias hiberno-argentinas, que conservaban sus tradiciones irlandesas por medio de uniones dentro de la comunidad, todos se casaron con descendientes de irlandeses o ingleses, y todos vivieron más o menos relacionados con el campo. Todos, menos papá.
Su abuelo paterno, John Murray (1826-1907), era de Newtowncashel, una zona rural al sur de Longford, en los Midlands irlandeses. El otro abuelo, William Murphy (1827-1890), había nacido en Kilrane, en la costa de Wexford, al sudeste de la isla. John Murray era en muchos aspectos el típico emigrante irlandés a la Argentina en el siglo XIX. Hijo de un modesto granjero de Newtowncashel, se vio obligado a buscar alguna de las soluciones tradicionales que se reservaban para los que no eran el primogénito de la familia: el ejército, la iglesia, o la emigración. Su hermano mayor, Patrick, recibiría la granja familiar con el contrato de alquiler hereditario de su padre. Su padre, John Murray (senior), era católico romano y su madre, Jane Payne, pertenecía a la Iglesia de Irlanda. Gente humilde, reservada, que desapareció sin dejar rastros de la hermosa tierra de los Midlands. A papá le llegaron muy pocas tradiciones familiares, excepto que su familia era de Longford. De los Murphy sabemos más, y todavía está la casa familiar en Kilrane.
En general, los inmigrantes irlandeses que llegaron al Río de la Plata antes de la caída de Rosas en 1852, tuvieron más oportunidades de ser propietarios de tierra y majadas que los que emigraron después. Mi bisabuelo John Murray llegó a la Argentina hacia fines de la década de 1840. Trabajó con los hermanos Fox en Zárate, a quienes les compró tierras en el límite de Zárate con Exaltación de la Cruz y Campana, y se casó con Mary, la hija de John Fox. El negocio de la lana lo hizo progresar rápidamente. Al morir, dejó estancias para sus seis hijos e hijas que lo sobrevivieron, entre ellas Los Tres Pozos, que heredó mi abuelo Tom. Mi otro bisabuelo, William Murphy, que llegó a la Argentina en 1844 con sus hermanos, adquirió tierras en Salto y estableció allá su estancia San Martín.
Mi abuelo Tom Murray y sus hermanos y hermanas no tuvieron la misma vida de privaciones que habían sufrido sus padres colonizando estas tierras. Los ranchos iniciales de los ovejeros dieron lugar a construcciones de material, luego a buenas casas solariegas. La actual casa de Los Tres Pozos, de fines de 1890, es de estilo "country" inglés, y a principios del siglo veinte ya tenía todas las comodidades y espacio de una casa de campo señorial. Cuando mis abuelos Tom y Eleonora se casaron en 1901, una nota social señalaba que "la fiesta que siguió a la celebración de la boda [en San Miguel] tuvo lugar en el Hotel Phoenix y fue concurridísima, asistiendo numerosas familias estrechamente vinculadas a las de Murray y Murphy, que casi forman un pueblo por sí solas, las de Duggan, Tormey, Carmody, Denehy, Espinosa, Dillon, Beyrne, Gahon, Mahon, Viale, Fox, Sperd, Nelson y muchas otras" (Caras y Caretas, 22 Junio 1901). Estas familias comenzaban a integrar la nueva burguesía argentina, una elite gobernante basada en cantidad de hectáreas y temerosa de perder su posición frente a la afluencia de otros inmigrantes.
Mi bisabuelo John murió a los ochenta y un años, antes de que papá cumpliera tres años. Tom, mi abuelo, se hizo cargo junto con su hermano Miguel, manejando patriarcalmente la estancia, brindando el sustento a toda la familia, puesteros y peones. Todos los primos de papá siguieron el mismo modelo: vivían del campo, comenzaban a abrirse a la gran vida porteña de principios de siglo, y a la posibilidad de casarse con los integrantes de la alta burguesía. Sin embargo, papá hablaba con desprecio de "los dobles apellidos que te llenan la boca". Me imagino que esta actitud vendría de mis abuelos, que tal vez no aprobaban que sus sobrinos se casaran con familias que no eran británicas, tampoco en el caso de que tuvieran fortunas. Pero para ellos, peor aún que el matrimonio con alguien que no era de la comunidad, era el casamiento con alguien de una clase social más baja.
Por eso el episodio que vivió papá debe haber sido un escándalo. Un gran escándalo. Y una tortura interior que sufrió toda su vida. Tendría entre dieciocho y veinte años, y se casó con una china. No sé mucho más que esto, porque es todavía un tema tabú para mi familia. Yo lo supe cuando murió papá, y me llegó en forma de mito: un puestero o un peón lo casó con su hija a punta de pistola. Podría algún día investigar en los registros del Juzgado de Paz de Campana por los años 1920-25. Me gustaría saber quién era ella, si estaban enamorados, si esperaba un hijo, qué fue de ellos. Pero tal vez nunca llegue a saberlo. Lo que sé es que papá quedó marcado. Por dentro y por fuera, por el remordimiento derivado de la rigidez moral de la familia, en la que el honor tenía mucho más que ver con la posición social, y con el juicio y prejuicio de vecinos y familiares, que con las convicciones internas y el amor a los hijos.
De alguna manera, una cortina de humo tapó el escándalo. Tal vez por eso papá fue a Buenos Aires a estudiar. Había estado pupilo en el colegio Marín de San Isidro, y terminó la secundaria en el San José, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Comenzó sus estudios en medicina, y fue el primero de la familia que obtuvo un título universitario y que no se dedicó al campo. Mi abuelo Tom murió en 1938, unos quince años después del escándalo, y cinco días antes de que papá cumpliera treinta y cinco años. La unidad de la familia, otro valor que mi padre tenía grabado a fuego, se centró alrededor de mi abuela Eleonora, que en ese momento tenía 57 años.
Papá se refugió en el estudio y en la investigación. Una evasión que tal vez lo ayudaba a olvidar su historia marcada por la sociedad hipócrita en que vivía. Se trasladó a Europa para perfeccionarse en el campo de la infertilidad femenina. En París fue investigador científico en el laboratorio de Anatomía e Histología Comparada de La Sorbona. Después pasó a Alemania, donde trabajó en la Clínica Ginecológica de la Universidad de Berlín. Allí vivió la efervescencia del Nazismo en plena pre-guerra. Tal vez fue en Alemania (o quizá fue antes, en una Argentina cada más intolerable con las diferencias), que adquirió el hábito del antisemitismo. No le gustaban los judíos, y lo reconocía abiertamente. Pensaba en ellos no como personas diferentes, sino con el antiguo discurso racista y temeroso, que los imaginaba conspiradores, aprovechadores, prestamistas, y traidores a cualquier causa o ideal. Escondido en su armario, con mis hermanos descubrimos una vez algún souvenir de esa época: escudos y un cuchillo con cruces esvásticas. Regresó a la Argentina al comenzar la Segunda Guerra Mundial.
Trabajó en varios hospitales de Buenos Aires, enseñó en la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador, y se dedicó a la práctica privada en su consultorio de la calle Ayacucho. Hablaba y escribía en inglés y español, sus idiomas maternos, y también en alemán, francés e italiano. En inglés, de acuerdo a su amigo y colega escocés Alan Murray, su acento era el de la Irlanda rural, y usaba palabras que hace más de un siglo no se usaban en las islas Británicas. Nosotros nos reíamos cuando decía "rogby" en vez de "rugby". Este verano en Ballymahon, Co. Longford, cerca de donde vivía su abuelo, me pareció muchas veces escuchar a papá en las voces de la calle y del campo.
En su tarea profesional, aplicó su "sólida disciplina, humana y científica, en la vieja Sala 8 del Hospital Fernández, sede de la Segunda Cátedra de Ginecología de la Universidad de Buenos Aires, de la que fue Profesor Titular". Fue pionero, entre otras asociaciones y círculos profesionales, de la Sociedad Argentina de Cancerología (1947), del primer Congreso Mundial de Esterilidad y Fertilidad (1954), de la Asociación Mundial de Esterilidad y Fertilidad (1958), de la Sociedad Argentina de Mastología (1967). "En Octubre de 1975, fue declarado Profesor Emérito Extraordinario de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires" (Loza, José, Revista Argentina de Mastología, Vol. 19, N° 63, Junio 2000).
Cuando era chico, los honores académicos de mi padre me escapaban (todavía me escapan) por mi desconocimiento crónico de la profesión médica, y también por cierto desinterés por su trabajo. Sin embargo, recuerdo a sus pacientes. "Médico de Señoras", ginecólogo, era la especialidad. Muchas veces se presentaban en la calle, a la salida de misa, o en los lugares menos pensados, algunas de las señoras que al reconocerlo se acercaban y le agradecían emocionadas el haber podido tener hijos. Le contaban cómo estaban sus chicos, le mostraban fotos. Era un desafío para su timidez. Papá parecía apabullado con la emoción ajena; no era un sentimiento que supiera manejar. Posiblemente le recordaba la represión de sentimientos que había vivido en su infancia. Muchas veces resolvía estas situaciones con ironía, que su timidez transformaba en sarcasmo: "está loca", "no la conozco".
Cuando en 1969 debió jubilarse de sus trabajos en la universidad y en el hospital, "abandonó su despacho con algunos libros, bajó los cuatro pisos del hospital por las escaleras. Sólo lo acompañábamos cuatro o cinco de sus residentes. Ya en la calle nos saludó con un fuerte apretón de manos y con pocas palabras, era su estilo. Se alejó caminando y entró en un injusto ostracismo" (Loza, José, ibid.).
Conservador, tradicionalista, antiperonista, son todas etiquetas que en una sociedad intolerante como era la argentina, ayudan a ubicar la ideología de una persona en coordenadas simplistas. Y también la fijan y le quitan la posibilidad del cambio. Una vez, ya estaba enfermo, le pregunté a papá quién era Luis Alberto Murray, el periodista que firmaba apasionados artículos sobre historia, ensayos y ficción durante la última presidencia de Perón, y que había publicado su obituario. Me respondió que "ese peronista de porquería no tiene nada que ver con nosotros". Sin embargo, él sabía que era hijo de su primo Miguel Juan Murray. Esta manera de negar los conflictos con la realidad había sido a veces un ejercicio frecuente.
El juicio de sus colegas y estudiantes de la universidad era unánime. Cuando hice el examen para el servicio militar, un médico reconoció a papá en mi nombre, y me contó que no había pasado su último examen en la universidad, Ginecología, por papá. Volvió a darlo meses más tarde con muy buen resultado, y papá se levantó para darle la mano y felicitarlo por su constancia. Era rígido, pero justo, un "incansable lector, austero, de pocas palabras, muy exigente, hasta consigo mismo, notablemente justo y noble" (Loza, José, ibid.).
También con nosotros, sus hijos, era exigente y justo, e intentaba enseñarnos que la rectitud y la nobleza de sentimientos eran valores para toda la vida. Una vez, sólo una vez, me pegó. Para festejar mi cumpleaños, trece años, había llevado al colegio una bala calibre 22 y la hice explotar en la calle. Terminé en la comisaría, y papá se puso furioso. Creo que era más por él, que por mí, porque el hecho de ver a su hijo en la policía le traía a la memoria su escándalo juvenil. Fue sólo una bofetada, al volver a casa en el coche, y fue lo suficientemente suave para que me doliera moralmente pero no me lastimara (hoy, con hijos adolescentes, reconozco que fue muy, muy suave). Era delicado al extremo en el respeto por los demás. También por sus hijos.
La naturaleza era su única pasión. Amaba la montaña, el silencio luminoso de un arroyo, el mar en la noche de verano, una trucha asándose sobre el fuego al aire libre. Su entusiasmo por la pesca en los lagos del sur marcó mi infancia. Hoy, el placer de sentir la humedad de un bosque, subir por un sendero en la montaña, navegar el lago, son deudas que tengo con la magia que él sentía por la naturaleza.
Miento. También lo apasionaba la amistad. Qué daría por verlo navegando en el Ventarrón, riendo con sus amigos. O asando lentamente un pollo a la parrilla en el campo para compartirlo con ellos. O charlando con los colegas del hospital. O en casa, preparándose un whisky bajo mi mirada fascinada. Los amigos le decían "El Inglés" - la oposición inglés/irlandés no tenía mayores ecos para él - y era un amigo fiel, leal, profundo, con quien se podía contar bajo cualquier circunstancia. Sabía lo difícil que era sentirse solo en una sociedad, por eso intentaba no defraudar a nadie que recurriera a su amistad.
Sus amigos, su gran amiga durante más de treinta años: mamá. El decía riendo que la conoció en los árboles mientras hacía un safari por la selva colombiana. Mamá es de Medellín. En realidad se conocieron durante un baile en el Club Campestre de Medellín. Se enamoraron, se escribieron por un tiempo. La última carta fue para arreglar los detalles del casamiento, en Suiza. Papá viajó con su hermana menor. Mamá con toda la familia y las amigas, y con mi abuelo suizo. Se encontraron en el Beau Rivage, de Lausanne, a unas horas de donde vivo. Cruzaron hasta Aosta, Italia, por el paso Gran San Bernardo, y se casaron en una iglesia milenaria, Saint Ours. ¿Por qué no se casaron en Argentina? El fantasma del escándalo lo persiguió siempre. Más que una preocupación legal, era el mensaje moralizador de la familia, que llevaba en su alma y lo hacía sentirse censurado, excluido, torturado. Además del matrimonio en Suiza, mi hermano y hermana mayores nacieron en Uruguay. Yo nací en Buenos Aires. Tal vez conmigo comenzó a tener menos temores, no sé.
Me interesa la genealogía. Pero no la de la sangre, que considero algo darwiniana, regresiva, y generalmente racista. Me apasiona en cambio la genealogía de las ideas, especialmente cuando estas cambian de generación en generación. Valores que se modifican, principios inconmovibles que se quiebran, reacciones conscientes e inconscientes contra las creencias heredadas, provocadas por una acomodación conveniente al medio ambiente, o en algunos casos románticos, por pura convicción. Un devenir-otro, fluido, constante. Papá fue el primero de su familia que se dedicó a una profesión no rural. Fue el primero que tuvo una perspectiva cosmopolita. Fue el primero en casarse con alguien que no tenía un apellido irlandés o británico. Seguramente le costó mucho el cambio, la adaptación. Y sufrió siempre la condena moral de su ambiente, aunque poco a poco la pudo superar.
En muchos momentos de su vida, de muchas maneras, y en muchos sentidos, papá fue feliz. Murió el 24 de diciembre de 1979, esperando otra Navidad.
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